«Soy Katherinne Romano, estudiante de Comunicación Social y practicante de Rostro Caribe. En el Día de la Juventud, comparto una historia personal que refleja cómo vivir, emprender y soñar a futuro en Venezuela se ha vuelto un acto de fe diaria para toda una generación joven.
Es 12 de febrero y fue una mañana distinta. Mi despertador falló. No fue un error, ni un descuido.
Generalmente me despierto con el ruido propio de la vida: las voces, el bullicio, el eco de los pupitres arrastrándose y el caos de los adolescentes del liceo que está justo detrás de mi apartamento. Pero hoy no hubo clases.
El silencio me recordó, antes de abrir los ojos, que era el Día de la Juventud. Y ese silencio no fue vacío, fue una pausa. Una de esas pausas que obligan a pensar. Me quedé unos segundos escuchando nada, y en ese «nada» estaban muchas cosas: los años que nos han tocado, las despedidas en aeropuertos, los intentos fallidos y los nuevos comienzos

Me levanté y caminé hasta la ventana. Las montañas seguían allí, intactas, como si el tiempo no pasara para ellas. Mi trabajo es en su mayoría remoto, así que generalmente la ventana de mi oficina o de la sala es mi primer contacto con el mundo. Antes de agarrar mi teléfono, abrir cualquier red social y que el algoritmo me diga qué pensar, estaba la ciudad despertando bajo el mismo sol.
Encendí el celular. Titulares grises, incertidumbre, crisis en distintos lugares del mundo. La palabra “juventud” suele aparecer este día acompañada de estadísticas preocupantes o discursos solemnes. Pero afuera, la escena es distinta: el señor de la esquina levantando su santamaría, el vecino probablemente, igual que todos los días salió a dar un paseo matutino a su perrito, la vecina que sin dudarlo, hoy también salió caminando con uniforme hacia su trabajo.
La vida, a pesar de todo, sigue ocurriendo.
Más allá de la resiliencia obligatoria
Hoy quizá las redes sociales se llenarán de la palabra “resiliencia”. A mí, sinceramente, me cansa. No porque no crea en ella, sino porque se ha vuelto una etiqueta automática para describirnos.
Nos ha tocado ser resilientes no por elección, sino por supervivencia. Muchos nos graduamos en medio de apagones o de una pandemia, comenzamos carreras universitarias con presupuestos mínimos, aprendimos a reinventarnos antes de los 20 años. Hicimos planes que se desarmaron en semanas, y aun así, seguimos aquí.



Muchos de mis amigos viven este día desde otros países. Algunos se fueron llenos de certezas; otros, con miedo disfrazado de oportunidad. En mi caso, también me tocó estar un tiempo fuera de Venezuela.
Colombia, ese país que me abrazó con un amor inmenso, me enseñó otras dinámicas, otras velocidades, otras formas de emprender, pero incluso en medio de la normalidad, sentía una coordenada interna que no coincidía.
Extrañaba la facilidad de encontrar nuestra comida en cualquier esquina, las conversaciones espontáneas con desconocidos, algo difícil de explicar: esa conexión que solo siento aquí, incluso cuando la «normalidad» de este país a veces golpea sin pedir permiso.
Ser joven en Venezuela hoy también es vivir con una dualidad constante: la posibilidad de irse y la decisión de quedarse. Ninguna es sencilla y ninguna es cobarde, ambas son apuestas.
Emprender siendo joven, un acto de fe
Volví porque mis raíces pesaron más que la incertidumbre. Volví para seguir emprendiendo.

Mientras escribo esto, suenan de fondo Rawayana y Danny Ocean. Hay algo en nuestra música que no suena a derrota, suena a insistencia. Estoy preparando el lanzamiento de la primera colección de mi marca de trajes de baño Caribe, completamente personalizada, inspirada en nuestras playas, en el salitre pegado a la piel, en esa identidad caribeña que nos corre por las venas.
Emprender aquí no es un gesto romántico. Es una decisión arriesgada. Es hacer cuentas una y otra vez, ajustar presupuestos, tocar puertas sin saber si alguna se abrirá. Es creer que el mercado local merece propuestas de calidad y es pensar en generar empleo cuando todavía estás consolidando el tuyo.
Pero también es una forma de resistencia creativa. De decir: aquí estamos, aquí producimos, aquí soñamos.
Una generación joven que no está de paso
Ser joven en Venezuela es un ejercicio de fe diaria. No es una esperanza ingenua, es una esperanza trabajada. Es levantarse, aunque el contexto no sea ideal. Es aceptar que no tenemos todas las respuestas, pero sí tenemos energía.
Mi generación joven no quiere ser definida solo por la crisis que le tocó vivir. Queremos ser reconocidos por lo que estamos construyendo en medio de ella. Hay jóvenes creando marcas, investigando, formando comunidades, impulsando proyectos culturales, estudiando carreras que hace años parecían imposibles.
Cuando proyecto mi vida hacia el 12 de febrero de 2030, no me veo en el mismo lugar donde estoy hoy. Me veo graduada como comunicadora social, liderando formaciones de marketing. Con mis marcas de pijamas y trajes de baño convertidas en tiendas que generan empleo y cuentan historias propias. Me veo aportando.

El ruido que vuelve
Mañana el liceo volverá a llenarse de gritos, risas y discusiones adolescentes sobre futuros que aún no saben cómo serán. Y ese ruido será una promesa: somos jóvenes bajo el sol de hoy, pero el de unos cuantos mañanas, quizá ya no.
Hoy, en este respiro festivo, elijo reafirmar mi apuesta conmigo, con mi país, con mis seres queridos, con mis amigos y con quienes deciden quedarse o irse buscando una vida mejor. No desde la negación de la realidad, sino desde la convicción de que no estamos de paso por nuestra propia historia».






