Hay quienes emplean la palabra como un escudo: escriben, indagan y denuncian incluso cuando el silencio resultaría más cómodo. Ser periodista en Colombia no es un oficio cualquiera; es resguardar una verdad que muchas veces incomoda.
Por eso, cada 4 de agosto el país conmemora el Día del Periodista y Comunicador Social.
La fecha fue instituida mediante la Ley 918 de 2004. Rinde homenaje a Antonio Nariño, quien en 1794 tradujo e imprimió la Declaración de los Derechos del Hombre. Ese hecho lo convirtió en un pionero de la libertad de prensa en Colombia.
Más allá de la conmemoración, el oficio representa algo esencial para cualquier democracia: el derecho de la ciudadanía a estar informada con rigor y veracidad.
Sin embargo, ejercer el periodismo en Colombia sigue teniendo un costo. Según la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), en 2025 se documentaron 469 agresiones contra 305 periodistas. Aunque la cifra disminuyó frente al año anterior, eso no significa que hoy exista mayor seguridad para quienes ejercen la profesión.

La propia organización fue clara al respecto en su informe anual: «El periodismo colombiano cerró 2025 con menos periodistas, más miedo y redacciones más frágiles».
Esa misma rigurosidad con la que la FLIP documenta cada agresión confirma, además, algo importante: el sector se toma en serio la tarea de medir su propia realidad, en lugar de minimizarla.
Amenazas que no dan tregua
Un caso lo ilustra a escala regional. José Ignacio «Nacho» Arango dirige Noticias Cúcuta 75, un medio digital especializado en seguridad y crimen organizado. La FLIP lo considera el periodista más amenazado del país. Desde 2024 ha recibido más de 30 amenazas de muerte. a eso, decidió no dejar Cúcuta ni abandonar su trabajo. «En total, han sido más de 30 amenazas que he reportado a las autoridades», contó a El Espectador.
Casos como el de Arango se repiten, con matices distintos, en varias regiones del país: amenazas, seguimientos, estigmatización desde funcionarios públicos y, en algunos casos, desplazamiento forzado o exilio.
La precarización laboral agrava el panorama: más de la mitad de los periodistas encuestados por la FLIP reportó ingresos inferiores a tres millones de pesos mensuales.
El oficio del periodista y comunicador social con muchos rostros
El riesgo, sin embargo, no agota lo que significa ser comunicador en Colombia. Buena parte de quienes se forman en comunicación social terminan ejerciendo su labor puertas adentro de empresas, universidades y organizaciones sociales, donde cumplen roles igual de necesarios: gestionar la información institucional, formar opinión pública y construir una imagen positiva de sus territorios y comunidades.

Esa doble cara del oficio, el riesgo de quien investiga en terreno y la responsabilidad de quien comunica desde una organización exige, en ambos casos, la misma base: rigor, ética y compromiso con la verdad.
«El periodismo convive hoy con las redes sociales, la inmediatez digital y la inteligencia artificial. Por eso es necesario fortalecer la formación de los jóvenes en ética y valores, para que apuesten por la credibilidad y asuman con responsabilidad la tarea de comunicar'», señaló Miguel Ángel González Tenías, director de Rostro Caribe.
Esa transformación del oficio, de las salas de redacción tradicionales a los formatos digitales, exige nuevas competencias, pero no cambia lo esencial: la credibilidad sigue siendo la base de cualquier ejercicio periodístico serio, sea cual sea el escenario donde se ejerza.
Ese es el homenaje que deja este 4 de agosto: reconocer que, pese al riesgo, el periodismo y la comunicación social siguen siendo un pilar de la democracia colombiana, sostenido a diario por quienes ejercen el oficio en cada rincón del país, desde una sala de redacción amenazada hasta una oficina de comunicaciones institucional.






