Barranquilla no tiene latido sin cumbia, y la cumbia es la arteria que mantiene vivo ese pulso. No se trata de una resonancia superficial, de la que se escucha y pasa. Es una vibración que se instala en la piel, que desvela historias y sostiene memorias. Ese pulso, esa sangre sonora, encuentra sus guardianas en mujeres como Onoris Orozco Pacheco y Dennys Mendoza Niebles, cuyos cuerpos y decisiones han convertido la cumbia en un acto de preservación y de identidad.

La cumbia no es solo tambor. Es el redoble profundo del tambor alegre, el soplo alegre de la flauta de millo, el golpeteo chispeante de las maracas, el bajo constante que une cada sección en un solo ritmo. Es la conversación sonora entre viento y cuero, entre madera y piel, que obliga al cuerpo a responder con pasos, faldeos, giros que parecen dibujar el espíritu mismo de esta tierra caribeña.

En ese corazón de memoria y ritmo late, con particular fuerza, la historia de la Asociación Folclórica Cumbiamba La Revoltosa, que el pasado mes de enero celebró 70 años de Carnaval. Siete décadas de un recorrido que ha sostenido tradición, comunidad y compromiso como pilares de una cultura viviente; no como espectáculo, sino como resistencia colectiva.
Onoris Orozco Pacheco de 57 años, conoce ese pulso desde muy adentro. En 1980, siendo apenas una niña, cruzaba San José a pie con su hermana para llegar a la sede de La Revoltosa en el barrio Las Nieves y bailar cumbia. No iba por moda; iba por llamado. “Cuando estaba pequeña quería bailar en una cumbiamba… y aproveché que mi hermano vivía al frente de la sede y le dije que quería ir, aunque me quedaba muy lejos”, recuerda.
Aquellos pasos infantiles, largos, seguros, insistente, marcaron el tramo de una vida entera dedicada a la cumbia. En 1992 ingresó a la Cumbiamba la Arenosa, una agrupación con 78 años de historia viva en el Carnaval de Barranquilla, y allí se mantiene hasta la actualidad.
Este año, sin embargo, no salió con su falda amplia a dibujar círculos sobre el asfalto del Cumbiódromo de la Vía 40. Este año llevó uniforme: gorra negra, tono gris y verde, postura erguida, mirada firme. Custodió el orden en la Lectura del Bando, Coronación de los Reyes del Carnaval de los Niños, Noche de Guacherna, Guacherna Gay, la Noche del Río, La coronación de la Reina Michelle Char, la Batalla de Flores, la Gran Parada de la Tradición y la Gran Parada de Comparsas y Fantasía.

“Hice una pausa por motivos económicos”, dice sin victimismo, con la dignidad de quien entiende que la vida también impone coreografías: “por primera vez me sacrifiqué por el motivo económico y dije que este año iba a trabajar en logística”. Su cuerpo, que durante cuatro décadas aprendió la cumbia antes que su propio nombre, tuvo que traducir el ritmo en otra forma de pertenencia. No abandonó la fiesta; solo cambió la forma de sostenerla.
Para Onoris la cumbia no se abandona, se reconfigura. Ella sigue marcando el ritmo, aunque no lleve falda en el desfile. Sus ojos siguen siendo tambor, marcando entrada y salida, cuidando que cada paso encuentre su pulso.
El Carnaval, para Onoris, no es un acto aislado. Es proceso, preparación, resiliencia. “Uno no baila solo por aplauso. Uno baila porque si dejamos de hacerlo, se pierde”, afirma con la seguridad de quien ha visto la fiesta transformarse y resistir a la vez. En cada frase, en cada gesto, la memoria se reconoce como un territorio que no se puede perder.




Herencia viva y presencia activa
A la par de esta memoria encarnada está la figura de Dennys Mendoza Niebles, directora de la Cumbiamba La Revoltosa. Contadora de profesión, nacida y criada en el emblemático barrio de Rebolo, dirige la agrupación como quien cultiva un jardín que sabe frágil pero fuerte. “Eso es un trabajo fuerte, amigo. Eso es 24/7, 365 días; el tras bambalinas nuestro es fuerte”, expresa con naturalidad. Para ella, la cumbia no es una coreografía rígida que se marca por obligación. Es lenguaje, puente y código ancestral que se transmite con respeto y pasión.

Bajo su liderazgo, La Revoltosa ha mantenido un enfoque inquebrantable hacia los patrones tradicionales de la cumbia. “Nosotros somos unos defensores, mejor dicho, a capa y espada de lo que realmente debe ser la cumbia… hoy por hoy la están convirtiendo en tambora”, afirma. No se trata de una crítica superficial a las corrientes contemporáneas; es la defensa de una genealogía de cuerpos y pasos que conforman un patrimonio cultural inmaterial. Para Dennys, cada faldeo, cada giro, cada marca del sombrero tiene un sentido que va más allá de la estética: es historia encarnada.
Cumbia por la integración
Esa historia, sin embargo, no es excluyente. La Revoltosa es inclusiva, porque entiende que la cumbia, para sobrevivir, debe ser espacio de encuentro y transformación social. “Tenemos indígenas, personas de raza africana, gente blanca, mulatos, extranjeros, familias completas… todo lo que cabe”, dice Dennys con una sonrisa que anuncia dignidad.




Bajo el proyecto “Cumbia por la integración”, apoyado por el Ministerio de Cultura, trabajan con niños de sectores vulnerables para combatir el bullying y mejorar el comportamiento social a través del folclor. Si la cumbia enseña el arte del movimiento, estos esfuerzos enseñan el arte de la convivencia.
Mientras el Carnaval transcurre bajo las luces y la algarabía, hay un trabajo que empieza antes del tambor y continúa después del último aplauso: ensayo constante, preparación de vestuarios, ajuste de pasos. Una labor que no conoce descanso, porque la memoria colectiva no se preserva con cuatro días de fiesta: se sostiene con todos los demás días del año.

La cumbia, entonces, se despliega como metáfora no solo de ritmo, sino de resistencia, resistencia a la mercantilización del Carnaval, resistencia a la invisibilización de las mujeres adultas mayores, resistencia a la idea de que la tradición solo tiene valor si es espectáculo atractivo. Aquí, la tradición tiene valor porque es memoria viva, inscrita en cuerpos que no se resignan al olvido.
“Cuando bailamos cumbia sentimos que representamos a nuestros abuelos”
Esa memoria se siente también en quienes llegan de otras latitudes y encuentran en el Carnaval algo que va más allá de la euforia. “Cuando bailamos cumbia sentimos que representamos a nuestros abuelos”, expresó María Fernández, integrante de una de las agrupaciones participantes. “Aquí no importa el barrio ni la edad, importa el orgullo de seguir la tradición”.
Frente a la música, frente a las comparsas, visitantes como Yessica y Taylor, dos norteamericanas contemplando el desfile, no pudieron esconder su emoción: “La estamos pasando bien, requetebién. Lo que más nos gusta son los bailes, la música”, dijeron entre sonrisas. También llegaron turistas de Miami y Bogotá y se unieron a bailar la cumbia en la Batalla de Flores. Una de ellas, Maira, contó: “Vine desde Bogotá, la estoy pasando increíble, espectacular el Carnaval. El clima está calientico, pero rico”.

Cuando el tambor retumba en el Cumbiódromo, no solo marca el ritmo de la fiesta: repica en la historia de quienes han guardado ese sonido como quien guarda una herencia familiar. Y ahí está la cumbia: como acto de memoria, como acto de fe y como acto de resiliencia.
En el gesto de Onoris, que sigue marcando indicaciones tras años de danzar, y en la mirada de Denis, que corrige pasos en ensayo y desfile con la misma rigurosidad con que se cuida una promesa sagrada, la cumbia deja de ser danza para convertirse en símbolo profundo de identidad colectiva; Porque la memoria no se repite: se encarna, la tradición no se exhibe: se vive, porque la cumbia, en Barranquilla, no se olvida: se sostiene.
Y las mujeres, con sus años de experiencia, son quienes mantienen ese ritmo intacto, como guardianas de una historia que no se pronuncia en pasado, sino en cada compás que sigue sonando.






