El sol cae fuerte sobre el Barrio Abajo, y el aire huele a fritos, tambor y memoria. En medio de sus esquinas coloridas, donde los balcones parecen hablar con el viento, habita una historia que pocos conocen, pero que define la identidad de toda una ciudad. Allí, en una calle formada por varios callejones, conocida como Chambacú, el tiempo parece detenerse. Entre risas, tambores y paredes gastadas por la historia, las raíces palenqueras siguen respirando con fuerza.

Sentado frente a su casa, Raúl Vanegas Iglesia, de 69 años, observa el ir y venir de la gente como quien mira pasar su propia vida. Nació y creció en este barrio, que fue el primer hogar de los palenqueros en Barranquilla, y su voz profunda y serena guarda las huellas de esa historia que aún vibra en cada esquina.
“Todo ha cambiado, menos el corazón del barrio”, dice Vanegas, quien es el edil del sector, con una sonrisa que parece tener la edad de las casas que lo rodean. Sus recuerdos viajan a los años sesenta, cuando llegaron los primeros palenqueros desde San Basilio (comunidad afrodescendiente ubicada en el municipio de Mahates, en el departamento de Bolívar, Colombia), buscando un rincón donde sembrar su cultura sin miedo ni vergüenza.
“Este fue el primer sitio donde se asentaron”, explica. “Luego, con las ampliaciones de la calle Murillo, muchos se fueron hacia Nueva Colombia y Bajo Valle; pero el origen está aquí, en estas calles que todo lo han visto”.
Chambacú, un callejó emblemático en Barrio Abajo
Raúl habla con especial cariño de un pequeño sector que considera el corazón del barrio: Chambacú el callejón emblemático. “Aquí fue donde comenzaron a poblar, donde el tambor nunca dejó de sonar. Para mí, es una zona muy nuestra, muy barranquillera”, dice, mientras su mirada se pierde entre los callejones.
En ese laberinto de casas cercanas y voces familiares, cada esquina guarda un pedazo de historia. Chambacú no solo fue un refugio para quienes llegaron desde San Basilio, sino también el punto de encuentro de una comunidad que aprendió a resistir a punta de alegría.
Cuando Raúl camina por el barrio, cada esquina le devuelve un pedazo de historia. Los niños corren detrás de una pelota, los mayores conversan en las puertas, y el sonido del tambor se mezcla con el rumor del viento. “Chambacú es parte del alma de Barranquilla”, dice con certeza. “Aquí empezó la historia de los palenqueros en esta ciudad, y mientras haya gente que lo recuerde, nunca va a morir”.
El sol se esconde lentamente, y con él, la tarde deja una promesa en el aire: que la memoria no se borra, solo cambia de ritmo.
*Por Daniela Mantilla estudiante de Comunicación Social de UNIMINUTO | Rostro Caribe






